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En comunión con los Sacerdotes Hispanos en los Estados Unidos
Celebrando el Año Sacerdotal (Junio 2009-Junio 2010)



ANSH at 1910 University Blvd, Brownsville, TX 78522 US - VOCACIONES EN LAS COMUNIDADES HISPANAS EN LOS ESTADOS UNIDOS

VOCACIONES EN LAS COMUNIDADES HISPANAS EN LOS ESTADOS UNIDOS

Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos
Colorado Springs, Colorado
13 de octubre 2008
Introducción
Agradezco que La Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos me haya invitado a tratar sobre el tema de las vocaciones sacerdotales en las comunidades Hispanas establecidas en los Estados Unidos. La ocasión se presta para compartir con ustedes algunos pensamientos sobre un aspecto de la misión de la iglesia que me llega muy al corazón. He dedicado gran parte de mi vida sacerdotal a trabajar en el campo de las vocaciones, y he vivido esta tarea como una gracia valiente. Me limitaré a presentar el tema en tres partes, cada parte dándome la oportunidad para subrayar algunos puntos que, a mi parecer, son fundamentales para crear una cultura vocacional dentro de las comunidades Católicas/Hispanas en los Estados Unidos.
 
Primero trataré del contexto eclesial y cultural que afecta la fe y la vida de nuestra juventud. Después me fijaré en ciertas estrategias y oportunidades para promover la cultura vocacional. Al final, si me queda tiempo, me concentraré en algunas reflexiones sobre el camino actual hacia el seminario.
 
Primera Parte: Contexto Eclesial y Cultural
Cultura Dominante y la Iglesia
El ambiente de la vocación es el ambiente de caridad evangélica alentada para servir con generosidad de vida; surge de una relación intima con Jesucristo en un contexto auténticamente eclesial. Lo que afecta la vitalidad de este ambiente a nivel de la iglesia local, afecta la eficacia del esfuerzo de la iglesia dirigida a la promoción de las vocaciones. Por lo tanto, la vitalidad de la iglesia local tiene todo que ver con la calidad de los esfuerzos y la abundancia de los frutos que se manifiestan en su ambiente vocacional.
 
Dicen que la iglesia en los Estados Unidos está pasando por una crisis de vocaciones. No lo creo. El problema abarca un ámbito más amplio. La iglesia de los Estados Unidos, así como la de Europa del occidente, está experimentando una crisis de caridad, utilizando esta palabra en el sentido profundo del Nuevo Testamento.
 
Jesús nos invita a caminar con Él hacia el futuro, armados con la ayuda de ese Espíritu de amor que anhela entregarse a la generosidad y el sacrificio. Solo el que quiere perder su vida podrá encontrarla.  La mayoría en los Estados Unidos dice que cree en Jesús. Pero por varias razones muchos dudan de cómo la fe en Él es, al mismo tiempo, camino hacia la felicidad. El problema que está debilitando la cultura dominante, y que a su vez afecta a la vida de la iglesia, es la falta de conocimiento y de confianza en la promesa de Cristo. ¿Confiamos que si le damos al Señor nuestra lealtad y compromiso, Él mismo nos enseñará el camino hacia la vida abundante?
 
La duda de muchos se manifiesta en cierta actitud tibia ante los problemas grandes de nuestra época. Apatía ante la lucha para defender y promover la dignidad de la vida, indiferencia ante las seducciones del egoísmo, preocupaciones demasiado grandes sobre cómo alcanzar una vida más cómoda o una experiencia más agradable. Muchos entretienen la tentación sutil de enfocar la atención diaria casi exclusivamente sobre las ansiedades temporales.
 
No existe programa ni oficina en la cancillería que pueda remediar este problema a solas. La única esperanza de la iglesia es predicar el evangelio con claridad, para que la gracia de Jesucristo pueda resonar con nueva fuerza en nuestra época. El único remedio para el ser humano es encontrar la persona de Jesús de un modo personal y eficaz, y seguir su llamada a la caridad evangélica. Solamente el Espíritu Santo puede avivar el fuego del amor divino manifestado perfectamente en el sacrificio del Señor. Solamente el Espíritu nos impulsa a entender, amar y vivir en el nuevo espacio creado por medio de aquella sangre derramada sobre el mundo cuando se abrió el costado herido del Señor. En otras palabras, solo el Espíritu del Señor nos puede despertar y llamarnos a participar de un modo vivo y activo en el dinamismo de amor que se encuentra en el espacio creado alrededor del altar de Cristo.
 
Participación activa en la Misa implica algo más profundo que saber las respuestas y cantar con voz alta. Implica entrar en la lógica de la Cruz, la sabiduría de Cristo. En Él encontramos la belleza del compromiso, de la fidelidad y de la generosidad de alma. Se opone a la lógica del mundo, donde compromiso inspira miedo, fidelidad se experimenta como una broma, y generosidad se extiende sólo para poder recibir alguna ventaja después.
 
Hablarle a un joven sobre el sacerdocio no tiene sentido si el joven no ha encontrado, por lo menos un poco, la lógica de Cristo. Tampoco se entiende bien lo que significa vivir el sacramento del matrimonio si la pareja no ha llegado a conocer, por lo menos un poco, el estilo y el sentido de la vida en Cristo. La dificultad que encontramos en atraer vocaciones al sacerdocio en esta cultura es la misma que encontramos al tratar de preparar las parejas para el matrimonio. Si la próxima generación no entiende ni ha experimentado algo de la generosidad, fidelidad y compromiso de Cristo en sus vidas, el lenguaje que usamos para hablar de vocación y de sacramento matrimonial no les llega más allá de los oídos.
 
El encuentro con el amor de Cristo llega hasta nosotros por medio de la familia y de la iglesia. Así lo desea el Señor. Por esta razón, crear un contexto para que se pueda entender el idioma de la vocación cristiana tiene que ver con la vivacidad de la vida familiar y la vida local de la iglesia. Inicialmente, la enseñanza por medio de palabra y ejemplo sobre la belleza y felicidad que encontramos al seguir el camino de generosidad, compromiso y fidelidad viene siendo parte de la experiencia familiar. El espíritu de sacrificio y generosidad de los papás para con sus hijos, de los hermanos para con sus hermanos, -- todo esto tiene que ver con la lógica cristiana inculcada en los jóvenes. La calidad de vida cristiana manifestada en la iglesia local también tiene que ver con la misma realidad. Devoción y servicio experimentados en el ambiente de la comunidad cristiana promueve en los jóvenes llegar a la madurez con capacidad de entender el lenguaje de la vocación, y de tal manera tomar decisiones sobre cómo servir al Señor.
 
Por consiguiente, hablando específicamente de las vocaciones sacerdotales en las comunidades hispanas en los Estados Unidos, tenemos que dirigir nuestra atención a las condiciones particulares que afectan la vida familiar y eclesial de nuestras comunidades en los Estados Unidos.
 
Contexto Cultural De Nuestra Juventud
Se trata de reconocer el ambiente particular de la juventud. A este propósito, me concentro ahora en la tensión experimentada por nuestra juventud entre cultura familiar y la cultura dominante.
 
La juventud está marcada por una capacidad maravillosa de adaptación. En el contexto de jóvenes conscientes de participar en un modo u otro en el estatus de “extranjero”, esta capacidad se manifiesta de un modo fuerte y particular. En este sentido vale la pena notar que la juventud hispana de hoy está viviendo en la frontera de la adaptación, y, a la vez, en la frontera de nuevas culturas. A veces, aún inconscientemente, están contribuyendo al desarrollo de nuevas formas de vida cultural. Las formas de la adaptación toman variedades casi infinitas, dependiendo de las condiciones especificas experimentadas en la vida diaria de las familias de herencia hispana.
 
Admitido esto, nos damos cuenta de que los valores fuertes de la familia y de la cultura Católica Hispana en los Estados Unidos se trasmiten con eficacia variada, dependiendo de circunstancias particulares. A veces, por ejemplo, las condiciones económicas de la familia no permiten el desarrollo de una vida auténticamente familiar. Los papás trabajan, y los chicos van para la escuela, o se quedan con vecinos. Esto afecta profundamente la trasmisión de los valores familiares. Además, afecta mucho si la familia vive en un barrio con familias de raíz cultural semejante. Muchas familias que viven alrededor de las parroquias en el Suroeste de Detroit, por ejemplo, viven en un contexto fuertemente marcado por las costumbres, el lenguaje y el sentido del humor que uno encuentra en los pueblos de Jalisco.
 
Esta realidad sigue un camino ya recorrido por los inmigrantes de muchos países en la historia de los Estados Unidos. Familias que se establecen en los Estados Unidos, llegando de otros países, buscan una vida particular con otras familias de raíz parecida. Hasta la fecha, familias recién llegadas de Albania, de Vietnam, de Irak..., buscan y crean un barrio de “los nuestros” para criar la familia. Se trata de un impulso fuerte y profundo en el ser humano, buscar como proveer el mejor ambiente para la formación y educación de los hijos. Pero también sabemos bien que una familia de primera generación, con hijos creciendo como segunda generación y viviendo casi aislada de otras familias de cultura semejante, batalla muchísimo para trasmitir la identidad cultural y los valores familiares a los hijos.
 
Muchos de nuestros jóvenes llevan consigo una fuerte formación cultural, formación que recibieron en la casa familiar. En muchos casos, mantienen en el hogar familiar el uso del idioma de los padres. Se sienten cómodos y a gusto con el ritmo y los valores que sus padres recibieron de las generaciones anteriores en la tierra natal. Llevan a veces inconscientemente el sello de las costumbres de vida que florecen en los pueblos en donde nacieron los abuelos.
 
Sin embargo, las familias y las comunidades están cambiando rápidamente, porque las corrientes de la cultura moderna americana cambian la dinámica y el contexto del desarrollo de la cultura hispana. Los hijos de las familias mexicanas en algunas parroquias en el suroeste de Detroit disfrutan la visita como familia al pueblo de los abuelos en Jalisco, pero pronto notan que no es el ambiente propio de ellos.
 
No puede uno dar por hecho que un joven de catorce años, nacido en los Estados Unidos de padres que se establecieron aquí poco antes de que nacieran los hijos, se identifique espontáneamente con el mundo cultural de sus padres, o con los valores trasmitidos por esa cultura. Pero tampoco es obvio que este mismo joven se vaya a sentir a gusto en el grupo juvenil donde él se presenta como el único hispano, o uno entre algunos pocos. Frecuentemente se siente como fuera de lugar en el ambiente cultural norteamericano. Por eso es elemental tratar de discernir en casos particulares qué tan fuerte corren las fuentes de cultura hispana en nuestros jóvenes y en nuestros grupos juveniles, con el propósito de ayudarles a crear un espacio cómodo para ellos mismos.
 
Debemos notar además, que estamos viviendo la creación de puentes entre diversas culturas hispanas. En Detroit, por ejemplo, puede uno encontrar en la misma Misa de domingo una familia de Jalisco, compartiendo las bancas con familias de Guatemala, Puerto Rico y Colombia. Esto sucede espontáneamente. En diez años, se hacen novios la hija de la familia Jalisciense con el hijo de la familia Puertorriqueña. No sabemos cómo se van a trasmitir los valores cristianos cuando los hijos que nacen de la unión jalisciense /puertorriqueña se encuentren en la escuela con la descendencia de tercera generación albanesa o caldea. Se trata, entonces, de notar que se está creando algo nuevo en los Estados Unidos, un mestizaje, primero de cultura y después de sangre. Y las formas de vida en el futuro no se pueden describir con claridad de antemano. Esto lo digo para indicar que el contexto cristiano, con los valores integradamente asociados a la fe, depende de los modos de trasmisión, y los modos de trasmisión dependen de la cultura familiar.
 
Valores tradicionales como la hospitalidad, el respeto debido a los grandes de edad, lo que significa dar uno su palabra, la importancia de la memoria conservada de la historia familiar, todo esto se mezcla con actitudes distintas y a veces opuestas que florecen en el aire cultural de los Estados Unidos. Los peligros y las oportunidades ofrecidas a nuestros jóvenes por medio de la cultura dominante son de gran variedad. Lo que significa el compromiso, la felicidad, vida buena y el sexo toma un camino nuevo cuando la crianza hispana sale a encontrar los valores que dominan en los Estados Unidos.
 
Nos cae a nosotros tratar de detectar las particularidades de la vida que están llevando los jóvenes en nuestras parroquias, dándonos cuenta de los cambios que rápidamente afectan la disposición de un joven para entender y actualizar toda una vida, toda una vocación cristiana en el mundo. Notémoslo para poder adaptar nuestras estrategias pastorales a la vida actual que viven las familias y los jóvenes.
Segunda Parte: Estrategias y Oportunidades
Antes de detenerme en algunas sugerencias estratégicas y pastorales sobre la misión de la iglesia hacia la juventud, quiero advertir primero el papel jugado por los padres de familia en la dinámica religiosa de sus hijos. El momento de crisis religiosa en la vida de una familia inmigrante ocurre en los primeros años de su venida a los Estados Unidos. Si los padres no hallan cómo enlazarse con la vida de la iglesia Católica en su nuevo país, con el tiempo se adaptan al modo secular y establecen costumbres de familia y orientación comunitaria sin contenido religioso. O, lo que es más común, se abren a las invitaciones insistentes que vienen de las comunidades evangélicas. Considero como una norma casi universal el que los hijos de una familia recién llegada a los Estados Unidos aprenden de sus padres su orientación hacia la iglesia. Por esta razón (y muchas otras) la misión de la iglesia hacia la primera generación, donde el uso del español domina, requiere mucha atención. Si los padres de familia no encuentran un vínculo con la iglesia en su propio idioma, tampoco van a trasmitir un aprecio de la religión a sus hijos. En este sentido, perdemos a la segunda generación, más o menos bilingüe, si no atendemos a la primera generación, la cual en la mayoría de los casos y con toda razón y justicia, anhela escuchar el Evangelio en su idioma natal. La juventud no llegará a los grupos juveniles si los papás nunca se incorporaron a la vida de la iglesia.
 
El Nuevo Contexto de Espiritualidad Latinoamericana
Los padres y los abuelos de nuestra juventud guardan una memoria de lo que significa, a nivel de vida, las devociones del pueblo. Pero no se trasmite con el mismo sentido o profundidad en el hilo súper-secularizado de los Estados Unidos. Por esta razón me parece de suma importancia integrar en la catequesis, la enseñanza sobre la historia de Guadalupe, o la tradición del Cristo Negro de Guatemala, o la Virgen de la Divina Providencia en Puerto Rico, etc. La catequesis no se trata solamente de proporcionar datos, sino que se trata de trasmitir el sentido vivo de la doctrina. Esto puede suceder, por ejemplo, cuando el entendimiento junto con el amor se manifiesta en la fiesta parroquial. De propósito, tenemos que enseñar lo que significa aquello que celebramos por medio de la procesión y la convivencia, los cantos y la comida de la parroquia.
 
Tocando este punto, quiero proponerles algo poco notado en la literatura sobre la devoción popular latinoamericana. La devoción a La Virgen, al Niño Jesús o al Cristo Crucificado, las procesiones con el Santísimo..., en fin, todas las formas tradicionales que dan expresión en nuestras culturas de los sentimientos religiosos de los fieles, -- todas tienen que ver con mantener vivo el contacto concreto con la realidad del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Al fin y al cabo, este es el misterio central de la fe Católica, y debemos luchar con todas nuestras fuerzas para que el pueblo mantenga su enfoque realista sobre el misterio. A mi parecer, si hay una tentación predominante en la cultura dominante de la iglesia en los Estados Unidos, es la de reducir a Jesús a una idea abstracta, despojado de su realidad de carne y hueso. Nuestros jóvenes llegan a los Estados Unidos convencidos de que Dios se hizo hombre. Si no les trasmitimos el sentido profundo de las tradiciones populares, con el tiempo los jóvenes pierden este realismo, y la persona de Jesucristo se va reduciendo en la conciencia del joven.
 
Pero, tomando en cuenta el contexto nuevo y fluido de la frontera cultural, no podemos olvidar que gran parte de nuestro esfuerzo consiste en buscar cómo traducir la experiencia y el sentido de la devoción. Uso la palabra “traducir” en dos sentidos relacionados. Literalmente, traducir la experiencia devocional al inglés es necesario, porque con el tiempo el inglés toma más importancia en la vida de los jóvenes. Ellos mismos están tratando de traducir al inglés la experiencia realizada en español, sea experiencia familiar o eclesial. Este paso implica algo mas profundo: ellos mismos están tratando de traducir el sentido de las experiencias familiares y eclesiales y relacionar este sentido con el mundo experimentado más allá en la escuela o en el trabajo.
 
Si se identifica la devoción de la tradición hispana exclusivamente con la lengua española, se va a quedar la devoción exactamente donde queda el idioma en la vida de cada uno de nuestros jóvenes. A veces esto implica un puesto amplio y profundo, pero en muchos casos implica un puesto que con el tiempo queda más y más relegado a la memoria. 
 
Debemos anticipar que familias hispanas, después de encontrar aliento y espacio para echar raíces en el barrio de cultura semejante, van a cambiar de sitio. Se cambian a localidades de mejores casas, mejores escuelas, etc. Esto ha sucedido en cada ola de inmigración que ha pasado por los Estados Unidos durante el curso de la historia. Todos buscan una vida mejor para los hijos. Esto implica participación en las iglesias establecidas en las zonas suburbanas. Conozco muchas familias en Detroit que viven en la periferia, pero que en domingo llegan hacia la cuidad para participar en la vida parroquial de las iglesias del barrio mexicano. Quieren mantener el vínculo con la cultura, la devoción, el modo de convivir que se manifiesta con fuerza en estas comunidades. Pero también me doy cuenta de que con tiempo, los jóvenes de estas familias tal vez se sentirán mas inclinados a participar en las iglesias donde participan sus compañeros de escuela. Con tiempo, quizás tras una generación o dos, los jóvenes se identifican más con la vida fuera del barrio.
 
Por eso digo que parte de nuestro esfuerzo consiste en traducir la tradición de oración y devoción al contexto de sus nuevos vecindarios, para que la segunda o tercera generación pueda entender y compartir el contenido. Ellos van a ser los portadores de la fe, extendiendo las líneas de la frontera cultural. En fin, nuestra enseñanza sobre la riqueza de las tradiciones particulares de las comunidades hispanas ayuda a la juventud a crear el “algo nuevo” del futuro. Cuanto más entienden este valor, tanto mejor lo integran en la vida que ellos mismos crean y comparten.
 
No quiero que me malentiendan: Insisto sobre la importancia de mantener vivo el uso y estudio del español en nuestras comunidades, y debemos promover el valor de un bilingüismo fuerte en esta frontera nueva de la cultura Hispana. Pero, realmente, las tradiciones populares Católicas merecen una traducción de alta calidad, para que las riquezas se puedan extender a los ambientes donde predomina el inglés. Compartir un sentido realista y profundo de la Encarnación del Hijo de Dios me parece misión providencial de nuestras comunidades hacia las comunidades Católicas ya establecidas en los Estados Unidos.
Comunidad y su importancia
Todo ser humano busca comunidad. Es la puerta siempre deseada para compartir humanamente los bienes de la vida. Conocer y ser conocido, amar y ser amado, son los anhelos básicos del ser humano. Cuando uno no encuentra comunidad en la familia, en el barrio, en la parroquia o en la escuela, lo buscará en otros sitios. No se puede reprimir la búsqueda de la comunidad, sólo se puede dirigir. Puede ser dirigida hacia expresiones auténticas, o puede ser dirigida hacia expresiones malformadas. Fuertes grupos juveniles en nuestras parroquias encuentran su imagen totalmente opuesta en las pandillas de drogas.
 
Precisamente en el contexto cultural que he señalado como “frontera cultural” tenemos una gran oportunidad para impactar efectivamente la vida de nuestra juventud. Lo considero una oportunidad porque los jóvenes en nuestras comunidades hispanas, todavía mantienen un gran respeto hacia la iglesia, y la ven como comunidad de confianza. Los jóvenes buscan dónde tomar pasos hacia la madurez y la participación adulta en el mundo. Sienten la necesidad de pertenecer a una comunidad de confianza con más fuerza que los jóvenes ya integrados a la cultura dominante. En fin, creo que la juventud viviendo en la frontera cultural está muy dispuesta a responder a la invitación de la iglesia de vivir una experiencia de comunidad autentica en forma de grupo juvenil.
 
Formación de Grupos Juveniles
Los pasos hacia los grupos juveniles coinciden con el desarrollo de la madurez. La juventud llega a la puerta de la iglesia buscando cómo pertenecer, sintiendo al principio que la iglesia puede proveer un contexto donde se siente uno a gusto y donde puede tomar los primeros pasos hacia el mundo público. Tiene que ver con un ambiente seguro para ejercer y crecer en confianza delante de un mundo que se presenta grande y formidable.
         
Es precisamente en el contexto de actividades y grupos involucrando a nuestros jóvenes donde debemos tratar de crear una cultura de vocación. Aquí es donde el lenguaje de la caridad evangélica debe de predominar. Las vocaciones no brotan de la nada, nacen del ambiente vivo de la iglesia plenamente entregada a los asuntos afectando la vida de los jóvenes.
 
Aquí se trata de formación catequética. Esto no se limita a las clases formales, sino que se extiende a la experiencia de oración y de servicio. La enseñanza empieza desde la edad de la Primera Comunión. Creo yo que la espiritualidad de la vocación nace en lo que aprendimos en los momentos de la Primera Comunión: reconocer a Jesús presente, dirigir nuestra atención hacia Él, darle un espacio a Jesús para que pueda Él dirigirnos su mirada. Y en la experiencia de la mirada de Jesús encontramos la fuente de donde surge todo lo que tiene que ver con vida madura en Cristo, o sea, con la vocación cristiana. Los pequeños tienen una capacidad maravillosa para experimentar esta realidad profunda.
 
En la mayoría de los casos, la atención principal de la parroquia, en lo que se refiere a los jóvenes, suele centrarse en los que han llegado a la edad adolescente, 15 a 18 años. Tiene razón este énfasis. Sin embargo, debemos dirigir atención especial a los jóvenes de 10 a 14 años. Se me hace de singular importancia ofrecerles a los de 10 a 14 años un espacio para experimentar actividades de grupo, de oración y de servicio, en contextos apropiados para ellos. Ellos ven a los más chicos, y piensan: “no somos niños”. Y miran a los que ya pertenecen a los grupos juveniles, y piensan: “todavía no somos grandes como ellos”. Precisamente para ayudarles a mantener su relación con Jesús en la Eucaristía, y para disfrutar de actividades con los de su misma edad, creo que la atención a la formación de tales grupos ayuda para profundizar la raíz de la fe en los jóvenes. Si llegan a los 14 años sin haber experimentado algo del sabor de la oración personal y algo de la cooperación entre compañeros para servicio de los demás, tal vez ya hayan empezado un camino fuera del ambiente vocacional.
 
Uno de los enemigos más feroces de la caridad evangélica es el cinismo; brota en el corazón de un joven de 11 años, por ejemplo, cuando experimenta por primera vez, y muchas veces, que las esperanzas de la vida pueden decepcionar. Precisamente a esta edad, necesitan ayuda los jóvenes para entender el perfil de la vida en cuanto se trata del juego entre esperanza y decepción. No queda duda que los jóvenes de familias recién llegadas a los Estados Unidos experimentan este juego entre esperanza y decepción con mucha fuerza. Ciertamente los padres de familia son los primeros responsables para guiar a los hijos a través de estos pasos peligrosos, ofreciéndoles ejemplos de actitud cristiana ante la experiencia de desilusión. Como decía Chesterton, el gran escritor inglés, no somos ni optimistas ni pesimistas, somos cristianos; es decir realistas con esperanza. De un modo bien programado, la parroquia puede proveer un contexto más amplio para que puedan los jóvenes entender la experiencia como cristianos, y evitar el cinismo.
 
Me parece importante señalar la importancia del Sacramento de la Confirmación en su relación vital con la realidad vocacional. Se trata de compartir con la juventud una verdad sencilla y profunda: el Bautismo inserta la persona en el costado herido de Cristo crucificado, de donde brota la nueva relación con Dios; la Confirmación profundiza la identidad de un cristiano con Cristo para salir con Cristo a la obra santificadora. Salir con Cristo siempre implica salir en un contexto eclesial y salir en el Espíritu Santo. El Espíritu Santo viene con poder en la confirmación para equipar al cristiano para la lucha en el mundo. Esta lucha toma varias formas, principalmente forma matrimonial, forma religiosa o forma sacerdotal.
 
Temo que nuestra catequesis parroquial sobre la Confirmación no haya llegado al punto de integrar la realidad del sacramento con el propósito práctico de informar a los jóvenes sobre la importancia de reconocer la llamada de Jesús como una llamada a una vida. Si no integramos la realidad del sacramento del poder del Espíritu Santo en las pláticas y actividades de los grupos de jóvenes, estaremos siempre platicando con jóvenes respirando el aire del siglo, y en consecuencia, pensando sobre la madurez como el tiempo de carrera profesional. En realidad, madurez cristiana tiene que ver con decisiones sobre la vocación, sobre el cómo y el con quién de mi salida al mundo como cristiano imbuido del Espíritu Santo.
 
Precisamente en el contexto de experimentar la gracia del Espíritu Santo como gracia llamándonos al servicio con Cristo, tenemos una oportunidad para ayudar a los jóvenes de 14 a 19 años, a probar la verdad de la fe. Dice el Señor que no existe amor más grande que éste: entregar la vida por sus amigos. Los jóvenes pueden entender lo que significa amistad. La felicidad cristiana consiste en vivir la entrega, la donación, diariamente en ambiente amistoso. La edad adolescente es la más propicia para explicitar los vínculos de la catequesis sobre el amor de Jesús con la experiencia de oración y servicio a los pobres, los que están sufriendo, los más necesitados. Los grupos juveniles, a mi parecer, existen para este propósito: Proveer contexto comunitario y social para experimentar la alegría de la oración, del conocimiento de Jesús y del servicio a los demás. Estas experiencias constituyen la fundación de los elementos maduros para contemplar las vocaciones cristianas. Se me hace que tenemos muchos grupos juveniles muy fuertes, pero no hemos logrado reconocerlos como comunidades principales donde podemos platicar abiertamente sobre la grandeza de la vida matrimonial, la vida religiosa, la vida sacerdotal. Ahí es donde se debe enseñar y entender el lenguaje de la vocación.
 
Silencio, Evangelio, El Santísimo.
La cultura que se presenta a nuestros jóvenes no tolera el silencio. Es la cultura de la pantalla y del altavoz. Las culturas hispanas, como toda cultura imbuida de Catolicismo, aprecia el silencio y el respeto debido al Santísimo Sacramento del Altar. (Quizás algunos de ustedes tienen adoración nocturna en sus parroquias.) Este respeto y aprecio no se puede sostener en este ámbito cultural si no tratamos conscientemente de enseñar sobre ello. Es necesario, por tanto, mantener y profundizar las oportunidades para que nuestros jóvenes aprendan la práctica de la meditación en silencio, alimentada con el texto del Evangelio, y dirigida al encuentro con Jesús en la Eucaristía. En un mundo tan ruidoso, nuestros jóvenes buscan en nosotros una enseñanza real sobre cómo platicar con Jesús, cómo escuchar su voz, cómo discernir su presencia. Por eso considero muy importante la enseñanza práctica sobre cómo leer el Evangelio, cómo meditar, cómo disfrutar de momentos en silencio delante de Jesús sacramentado, cómo adorar, -- todo esto lo considero indispensable para la formación catequética de los adolescentes, en la preparación para la Confirmación, y en las actividades de los grupos juveniles. Sin contacto personal con la voz de Jesús no hay vocación cristiana de ningún tipo.
Los Movimientos
Quiero señalar una realidad eclesial que ayuda mucho en este ámbito. La podríamos nombrar, en general, con la frase “Los Movimientos”. Esta realidad abarca muchos grupos de espiritualidad y servicio, y frecuentemente mantienen una vida “extra-parroquial”. No digo “extra-eclesial”, porque nacen y crecen en el seno de la iglesia local por los esfuerzos de laicos que pertenecen y participan en la vida parroquial. Pero en cuanto se dedican a la Renovación Carismática, por ejemplo, o al Cursillo, o al Encuentro Matrimonial, se dedican a una labor que se extiende fuera de la parroquia. Existen con fluidez y con capacidad asombrosa de adaptación a las condiciones locales. Muchos de nuestros laicos mas entregados a la misión se dedican a la espiritualidad de los movimientos. Muchos jóvenes reciben su primera orientación hacia la iglesia por medio de la entrega de sus padres hacia estos movimientos. En Detroit, la Renovación Carismática, Jornadas, Barrios Unidos etc., existen por gracia de los esfuerzos de muchas personas que recibieron una formación católica en México o Guatemala u Honduras precisamente por medio de estos movimientos. Traen lo que han recibido, lo siembran en suelo nuevo, y tratan de guiar el crecimiento de una adaptación viva. Debemos admitir que en muchas partes, los movimientos están facilitando la creación de un ambiente eclesial y cultural que atrae la atención de nuestros jóvenes.
 
Los movimientos que se dirigen a los grupos juveniles se han establecido fuertemente en varios contextos de la vida eclesial estadounidense. Es primordial que nosotros los sacerdotes ayudemos estos esfuerzos con nuestra atención y con tiempo dedicado a la formación de los líderes de los grupos.
 
El reto consiste en tratar de integrar y guiar los movimientos sin diluir, o peor tantito suprimir, su potencia y su carisma particular. Integrar significa primeramente, crear líneas de comunicación e intercambio entre el clero de la iglesia local y los grupos y movimientos. Existe, a veces, cierta desconfianza entre los párrocos, o el liderazgo de la parroquia, y los lideres de los grupos, por la sencilla razón que los grupos y los movimientos frecuentemente abarcan un ambiente que se extiende más allá de la vida parroquial. Los grupos, a la vez, se consideran, a veces, poco apreciados por los que trabajan en el ambiente parroquial.  
 
Diré que el enfoque de nuestros esfuerzos para promover el espíritu de cooperación e integración se debe dirigir a la comunión de la iglesia alrededor del altar. En este sentido, todo movimiento tiende a la vida eclesial, vida diocesana y vida parroquial. El movimiento encuentra su fuerza y su fin en el sacrificio de Cristo; y la vida parroquial deriva energía de la presencia de los movimientos.
 
Tercera Parte: Camino Actual Hacia el Seminario
Cómo empezar conversando sobre el tema.
Todo lo que he dicho tiene que ver con la vitalidad de la iglesia local, con la mirada dirigida específicamente a la vida de los jóvenes. El ambiente eclesial debe cultivar la idea de que un cristiano no escoge entre carrera y vocación, sino que, primero escoge entre varias vocaciones. Cierto, un joven de 23 años que está contemplando entrar en el seminario, frecuentemente considera lo opción en comparación con la carrera de un doctor, o un ingeniero, pero en realidad la comparación no es adecuada. La vocación sacerdotal o religiosa se compara con el matrimonio primero. El discernimiento se encuadra en la pregunta: ¿Cómo quiero entregarme a la tarea de Jesús en el mundo? La mayoría escoge el camino que lleva hacia la vida matrimonial. Y esto, quiero enfatizar, tiene sentido como vocación sólo en el ámbito del compromiso cristiano, de la fidelidad y la generosidad, el mismo ámbito cristiano que presta contexto a la vida sacerdotal y a la vida religiosa. Temo que dejemos pasar oportunidades catequéticas para señalar esta relación. Quizá nos parece difícil explicar al mundo moderno el sentido del compromiso al celibato. De todos modos, debemos profundizar la enseñanza sobre la gracia del celibato como modo de vivir la imitación de Jesús, y como testimonio de fe el la resurrección del cuerpo.
 
La importancia del ejemplo y testimonio de los sacerdotes actuales es algo extremadamente valioso. Si un sacerdote no está convencido de la suma importancia de su ministerio y del valor de su estilo de vida evangélico, no va comunicar, por su modo de ser, una invitación a los jóvenes a considerar la opción. Otra cosa, a veces es difícil establecer el hábito a través del cual los jóvenes y los sacerdotes puedan entrar en un dialogo particular sobre la vida sacerdotal o religiosa. Creo que es importante que vayan los sacerdotes a visitar con frecuencia los grupos juveniles de todo tipo y de todas las edades, para establecer el contexto de conocimiento. Los líderes laicos de estos grupos son muy capaces, pero el sacerdote debe estar presente para comunicar el cuidado de la iglesia hacia los jóvenes, y para invitar la pregunta sobre la vocación.
 
Aplicación al Seminario
Ciertamente las oficinas de vocaciones diocesanas tienen que invertir tiempo y dinero para cultivar vocaciones sacerdotales en las comunidades hispanas. Sin embargo, con cantidad de buena voluntad, a veces los encargados de las oficinas no saben cómo ni dónde entrar con los grupos juveniles en las parroquias hispanas. En estos casos, los párrocos de habla hispana deben aconsejar y ayudar a los directores de vocaciones para que sepan las condiciones actuales de las familias, de los jóvenes, y de los grupos. A la vez, los directores de vocaciones deben pedir consejos a los líderes entregados a la misión entre los jóvenes a nivel de las parroquias.
 
Aquí se nota la dificultad que presenta, a veces, la estructura de la diócesis o de la comunidad religiosa: En muchos casos no es fácil para nuestros jóvenes entrar por la puerta de una oficina diocesana. Esto no sucede porque les esté prohibido, sino porque no se sienten cómodos; entrar a una oficina es un paso difícil hacia el mundo público de la cultura norteamericana. Si las oficinas de directores de vocaciones no tienen quien pueda atender un joven de habla hispana, deben buscar cómo remediar la situación. A la vez, nos toca a nosotros, los sacerdotes hispanos, guiar al joven durante el proceso de encontrar la diócesis, aplicar, tomar los exámenes físicos, sicológicos, etc. Muchos se desaniman porque no tienen quien les ayude personalmente durante el proceso.
 
En los Estados Unidos hemos logrado crear una maravilla de administración eclesial. El genio americano incluye saber organizar y administrar, valorizando fuertemente la hoja a máquina escrita como instrumento principal para mover las cosas. Esto se refleja en el propio modo de pasar por el proceso de aplicar y entrar al seminario. Pero las culturas en ámbito latino mantienen cierto enfoque fuerte sobre la primacía de la palabra pronunciada por personas de confianza, en voz viva. No creo que el desafío de esta diferencia consista en rechazar una opción por otra, sino en entender y saber manejar una sin perder el valor de la otra. Necesitamos ayudar a un joven a manejar el sistema precisamente por medio de nuestra posición como personas de confianza.
 
Actualmente, estamos enfrentando la situación anómala de las leyes inmigratorias de los Estados Unidos. (Ha durado tanto esta situación que se presenta como algo normal.) Si un joven se presenta como candidato para el seminario, y está aquí sin documentos reconocidos por el gobierno, la iglesia se encuentra en una circunstancia difícil. Las respuestas a estas situaciones en las diócesis en los Estados Unidos han sido tan variadas como las condiciones locales afectando las circunstancias. No quiero decir mucho, para no perjudicar el progreso que muchos han logrado. Pero vale la pena notar que sí existen remedios, y me parece responsabilidad de las oficinas de los directores de vocaciones compartir entre ellos mismos, a nivel nacional, los medios que han dado buenos resultados. Esto presupone mucha cooperación entre las oficinas de vocaciones y oficinas de asuntos hispanos.
 
Diré que las comunidades religiosas se han adaptado a esta realidad con más rapidez. Tienen, además, cierta flexibilidad en cuestiones de formación y educación, especialmente cuando se trata de una comunidad con casas en otros países.
 
Vida en el Seminario
Entrar al Seminario, en cualquier cultura, es una experiencia que requiere preparación. Mis años de trabajo como director de vocaciones me confirman en el sentido que muchos entran en el seminario con buena voluntad, pero sin haber recibido una preparación adecuada para entender la experiencia, para sobrevivirla al principio, y para echar las raíces necesarias para alcanzar los frutos. Con mayor razón debemos estar al cuidado de un joven que quizá entra en el seminario sintiéndose extranjero en la cultura dominante de la institución eclesiástica. La respuesta de los seminarios en los Estados Unidos a esta realidad ha avanzado. Sin embargo, la participación de sacerdotes de habla hispana, y con raíces en la cultura, en los equipos de formación, de dirección espiritual, y como profesores de teología, sigue siendo una prioridad para el futuro de la iglesia en los Estados Unidos. Por lo menos, tal participación establece la posibilidad de cultivar el proceso de traducción interna que cada seminarista hispano tiene que elaborar sobre su experiencia de vocación, de formación, y de misión.
 
Terminaré mis reflexiones tocando este punto. Una de las riquezas más grandes de nuestras culturas latinoamericanas es el saber cómo iniciar y cultivar el contacto personal y la confianza, el saber cómo caminar con otras personas. Este valor se puede manifestar entre nosotros en formas de alta y noble expresión. Este contacto y cuidado personal tiene mucho que ver con lo que nuestra cultura católica nos ha trasmitido sobre lo que significa la caridad evangélica manifestada en la persona de Jesucristo Nuestro Señor.
 
Yo sé que los sacerdotes tienen mucho trabajo; yo sé que no hay tiempo para todo. Pero si perdemos el contacto personal con los grupos de nuestros jóvenes, con los movimientos y con los seminaristas, perdemos algo esencial de la vida sacerdotal, de la vida evangélica y de nuestra cultura. Quiero que aprecien este modo de vivir la vida pastoral, como una de las contribuciones más altas de nuestra cultura a la vida eclesial de los Estados Unidos.
 
Gracias por su amable atención.
 

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